Oración:
Destrucción de Satanás
“Bien, ¿qué hay de nuevo?” preguntó Satanás, observando con una expresión interrogante en su rostro.
- “¡Bien! ¡Las mejores!” respondió el Príncipe de Tíbet, quien acababa de entrar. “Tengo una historia que deleitará a su majestad.”
- “¿No ha escuchado aun algún tibetano?” preguntó el ansioso líder, devorando con sus ojos al ángel caído.
- “¡Ninguno!” contestó el príncipe, haciendo una reverencia. “No, de hecho, ningún individuo. Yo mismo he estado supervisando,” continuó mientras se gozaba de su victoria reciente.
- “¿Algún intento?” pregunto su señor con un tono de autoridad. “¿ Ha habido algún intento?”
- “¡De que los ha habido, ha habido, pero sus esfuerzos han fracasado antes de que aprendan una palabra del idioma!” replicó el príncipe, con una nota de triunfo en su voz.
- “¿Cómo? Dime, ¿cómo fue eso?” ahora Satanás ponía toda su atención.
- “Estaba haciendo mis deberes en el corazón de Tíbet,” explicaba el príncipe, “cuando me llegaron noticias de una Sociedad organizada especialmente para traer el Evangelio a mi reino. Sabes bien, mi señor, que de inmediato me puse en alerta. Llame a mis fuerzas para discutir la situación, e hicimos un plan que prometía nuestro éxito.” “Con corazones encendidos para traer el Mensaje, dos hombres enviados por la sociedad viajaron a través de China y valientemente cruzaron la frontera, entrando a la Tierra Prohibida. Les permitimos avanzar durante tres días, y luego, justo cuando estaba oscureciendo, dos perros salvajes, como los que se encuentran en todo el país, se abalanzaron sobre ellos. Lucharon desesperadamente por sus vidas, pero finalmente uno fue derribado y muerto. El otro, protegido por fuerzas invisibles que no pudimos vencer, escapó de alguna manera.” “¡Escapó!” gritó Satanás, haciendo una horrorosa mueca. “¡Escapó! ¿Les dio el mensaje?” “No, mi señor,” respondió el Príncipe de Tíbet con tono de seguridad. “No tenía oportunidad. Antes de que pudiera aprender una palabra del idioma, nuestras huestes pusieron a los mismos nativos en su contra. Rápidamente se cansó y esa fue su sentencia. Ah, esta fue una escena que hubiera deleitado a su majestad. Lo atraparon en un cuero cosido de yak húmedo y lo pusieron a cocinar en el sol. Por tres días permaneció ahí, mientras los huesos se le quebraban al encogerse el cuero, hasta que finalmente, quedó sin vida.”
La habitación se llenó rápido mientras hablaba el Príncipe de Tíbet, y en la conclusión de su reporte se escucho un gran aplauso de toda la asamblea, mientras todos se inclinaban ante la figura de Satanás, aún hermoso, a pesar del asolamiento del pecado. Pero un momento después, hubo silencio, aquietados por un movimiento de la mano de Satanás. “¿Y que tienes tu que reportar?” preguntó, volteando con otro ángel caído. “¿Todavía eres Amo de Afganistán, mi Príncipe?” “Soy yo, su majestad,” respondió el ángel, “aunque si no fuera por mis fieles seguidores, dudo que aún lo fuera.”
“¡Ah! ¿También se ha hecho algún intento en tus dominios?” exclamó Satanás en voz alta. “Si, mi señor,” respondió el príncipe. “Escucha y te diré todo.” Levantando su mano para hacer silencio, comenzó: “Observamos su avance; había cuatro de ellos – todos celosos por presentarlo.
“Tu conoces, mi señor, del letrero para los viajeros justo en la frontera de mi reino, que dice: Absolutamente prohibido cruzar esta frontera a territorio de Afganistán.” “Bien, pues los cuatro se arrodillaron alrededor de el y oraron, pero, a pesar de esto, nuestras valientes fuerzas prevalecieron. A cincuenta pies del letrero, sobre unas rocas, se sienta un guardia afgano, con rifle en mano. Después de orar, el pequeño grupo paso sobre la frontera y entro a la Tierra Prohibida. El guardia les permitió pasar veinte pasos, luego, como un rayo de luz, hizo tres disparos y tres del grupo cayeron al piso, dos de ellos muertos y el otro herido. Su camarada lo arrastro rápidamente a la frontera, donde, después de una enfermedad, murió, mientras el otro perdió el ánimo y huyó del país.”
Un aplauso prolongado siguió esto, y lleno su corazón de gozo, a Satanás mas que a todos, Porque, ¿no seguía así en posesión de las Tierras Cerradas, y no había triunfado en cada campo? El Mensaje, gracias a sus incontables huestes, aún seguía afuera, ni el precioso Nombre se había escuchado. “¿No nos dirás, oh poderoso, porqué estas tan interesado en mantener el conocimiento fuera de nuestros imperios? ¿No has escuchado que los reinos del Príncipe de África están siendo invadidos por grandes fuerzas, y que los hombres se convierten a Cristo todos los días?” “Ah si, claro que lo sé.” Pero escuchen todos, les explicaré porque estoy tan celoso con las Tierras Cerradas,” respondió Satanás, mientras todos se inclinaban para escuchar. “Hay algunas profecías, quizá mejor resumidas por esta,” comenzó, “que dice así: ‘Este evangelio del Reino será predicado en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.’ Ahora es muy claro,” prosiguió con voz baja, “Que Dios esta visitando los gentiles, ‘para tomar un pueblo para Su nombre,’ y ‘después de esto,’ Él dice, ‘regresaré’, y la Gran Comisión implica que se deben hacer discípulos de todas las naciones.
“Ahora,” exclamó con indignación, “Jesucristo no puede regresar a reinar hasta que cada nación haya escuchado las Buenas Nuevas, porque dice, ‘vi una gran multitud, que nadie podía contar, de todas naciones, y tribus, y pueblos, y lenguas’. Por lo cual, no importa cuantos misioneros sean enviados a países ya evangelizados, ni cuantas conversiones haya, porque mientras el mensaje del Evangelio no se proclame en Tíbet, Afganistán y otros de nuestros dominios, donde nunca se ha escuchado, Él no regresará a reinar.” “Entonces,” dijo el Príncipe de Nepal, “si podemos mantener a cada mensajero fuera de las Tierras Cerradas, podemos prevenir Su regreso a reinar en la tierra y así frustrar el propósito del Altísimo.” “Y si lo haremos,” exclamó el orgulloso Príncipe de Camboya. “Justo hace días,” continúo, “un misionero escribió por sí solo, ‘en este momento no conocemos a un solo cristiano que tenga el conocimiento de Jesucristo nuestro Salvador.’ Nosotros tendremos cuidado de esto, su majestad, que ninguno escape.” “Eso es bueno,” dijo Satanás. “Vamos a vigilar mejor y a seguir frustrando cada intento de penetrar las Tierras Cerradas.”
Mientras entendían el gran plan, gritaban de alegría, y se apresuraban a regresar a sus imperios, mas determinados que nunca a prevenir el escape de una sola alma. Pasaron cincuenta años. Su satánica majestad caminaba inquieto de un lado a otro. Oscuros presentimientos se veían en su semblante. Era aparente que algo de naturaleza inusual lo estaba molestando. “No puede ser,” se dijo a sí mismo. “Y el mismo plan, también,” continuó en voz alta. “Si, el mismo plan. Parece que finalmente captaron la visión. ‘Evangelizar,’ ‘pioneros,’ no me gustan esas palabras. Y luego ese pacto escrito por ellos, ‘Los objetos de la Sociedad incluyen los siguientes: Apresurar el regreso de nuestro Señor siguiendo Su programa para esta época el cual es ‘predicar el Evangelio en todo el mundo para testimonio a todas las naciones,’ y, ‘tomar un pueblo para Su nombre,” como Él dijo, ‘Id a todo el mundo, y predicar el Evangelio a toda criatura.’ Su objetivo es involucrarse en estas actividades para contribuir a la evangelización del mundo. Su política misionera es evitar duplicar agencias existentes del Evangelio en el extranjero dirigiendo sus esfuerzos en servicio pionero entre pueblos, tribus y naciones donde Cristo no ha sido nombrado.” Luego esa frase, ‘traer de regreso al Rey’ ‘¡El Rey!’ ‘¡El Rey!’ Esto no puede ser. ¡Debo frustrar su propósito! ‘¡El Rey!’ ¿Qué me sucederá cuando Él venga? Debo llamar a un concilio inmediatamente.”
En unos cuantos minutos, todos estaban presentes. Vinieron de los lugares mas lejanos – poderosos ángeles caídos, dignatarios, príncipes, capitanes, gobernadores del mundo de las tinieblas de este siglo – en multitudes sin número se reunieron alrededor de su señor. Reinaba un silencio, silencio, silencio como de muerte. “Príncipe de Tíbet, ¡pasa adelante!” exclamo el irritado demonio, “¿ya han entrado?” Temblando y asustado, con un temblor diferente a su aperiencia de cincuenta años antes, se aproximó a su terrible monarca. “Si mi señor, han entrado,” dijo lentamente el príncipe, con una mirada de temor dirigida hacia el suelo. “¡Que!” se exaltó Satanás. “¿Alguno en tus dominios ha escuchado el Nombre, oh príncipe?” “Ningún poder a mi disposición pudo prevenirlo,” respondió el príncipe. “Hicimos lo mejor que pudimos. Todas nuestras fuerzas lucharon noche y día para vencerlos. Parece que se ha levantado un movimiento con el solo propósito de ir a donde nadie mas ha ido y predicar en las llamadas áreas no-ocupadas del mundo, el cual nuestro líder, el Príncipe de China, con su fuerza, trató de destruir, pero fue en vano. Viven protegidos por legiones de ángeles. Los perros huían de ellos. Llenamos a los sacerdotes con odio mortal hacia ellos. Pusimos trampas en todos lados. Adoptamos métodos de hambrunas. Las enfermedades hicieron su parte. Pero fue inútil. Cada vez salían con mas fuerza, hasta hoy, hemos perdido varias veintenas de tibetanos para siempre, y otros miles han escuchado las Buenas. A todo lo ancho, a nacido un testimonio.”
En eso, Satanás volteó y dio su orden final:
“¡Príncipe de Afganistán, pasa adelante!” Hubo un momento de duda; luego, con pasos lentos y cabizbajo, se paro temblando ante su soberano. “Príncipe de Afganistán,” comenzó Satanás otra vez, “tu has guardado bien mis dominios. Si tu también me fallarías, no se a dónde mas voltear.” “No hubo respuesta. El silencio mantenía hechizada la gran audiencia. “Habla, oh príncipe. ¿Han entrado?”
“Han entrado, mi señor.” “¿Cómo? ¡Que!” exclamó Satanás sin poderse controlar. “¿Por qué no guardaste mejor mi imperio?” “Hicimos todo lo que pudimos, su majestad, pero fue inútil. De alguna forma salieron las noticias; las muertes de los primeros encendieron toda la Iglesia. Otros se aventuraron. Destruimos a algunos. Otros se desanimaron y se regresaron. Pero finalmente, a pesar de todo lo que podríamos haber hecho, entraron. Guardados y protegidos por legiones de ángeles, entraron y se quedaron; no pudimos sacarlos.” La escena siguiente sobrepasa toda descripción. Satanás humeaba y rugía de odio. El aire parecía estar vivo con millones de demonios. Sus príncipes líderes se agacharon delante de él y buscaban alejarse de sus terribles ojos. “¡Malditos!” gritó Satanás.
“La iglesia completa oró,” continuo el príncipe. “parece que todos saben que Él no vendrá a reinar hasta que el Evangelio haya sido predicado en cada lengua. Ángeles los cuidan. Oh, si, peleamos, pero no pudimos vencerlos. Ellos llegaron, y hace una semana un hombre acepto al Cristo y algunos otros ya han escuchado.” “Ahora,” gritó Satanás, “¡todo está perdido! Miles han sido salvos en India y en China, pero la noticia que acabo de escuchar es peor que todas. El puede venir ahora. Al menos no falta mucho, porque con la visión de este pueblo misionero, cada tribu, lengua y nación pronto será alcanzada. Y entonces, ¡pobre, pobre de mi!”
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