GANAR
AL PERDER -
La Importancia de Ceder tus Derechos
Por
Loren Cunningham
Hace
algunos años, mi joven esposa y yo estábamos viajando
día y noche por todos los Estados Unidos en nuestra pequeña
van. Una mañana antes del amanecer, le cedí a
Darlene el volante y me pase a la parte trasera para descansar
un poco. Estábamos en el sur de Arizona en camino hacia
Tucson.
Me
despertó el tambaleo de la camioneta cuando comenzó
a caminar. Pocos segundos después, me había caído
del vehículo. El polvo todavía estaba flotando
a mí alrededor, la van estaba completamente de lado y
todo lo que poseíamos estaba regado en el desierto. Me
llene de pánico. ¿Dónde estaba mi esposa?
La encontré a unos pocos metros, con su cabeza golpeada
y sus ojos volteados, ni siquiera trataba de respirar.
Cuando
me senté en mi desesperación, sosteniendo su cabeza,
Dios me habló, “Loren, ¿estas decidido a
servirme?” Pensé y contesté, “Si Señor,
no me queda nada mas que Tú.”
Hasta
aquel momento, realmente no me había dado cuenta de que
no poseía nada en este mundo. Hablamos de “mi familia,”
“mi casa,” “mi ministerio,” “mi
carro,” “mi reputación,” pero todo
lo podemos perder en segundos. Esas cosas no las da Dios por
un tiempo, para usarlas para Su gloria.
Tan
pronto como dije, “Si Señor, yo te serviré,”
Dios me hablo por segunda vez, me dijo que orara por Darlene.
No se me había ocurrido orar por ella, pensaba que ya
estaba muerta. Cuando comencé a orar, ella comenzó
a respirar y a luchar por su vida. Un hombre mexicano nos encontró
y fue por ayuda. Una hora después estábamos en
una ambulancia, en un largo viaje al hospital. Aun estaba inconsciente,
pero Dios me hablo por tercera ocasión, diciéndome
que mi esposa estaría bien.
Darlene
se recupero, y hemos disfrutado 22 años juntos desde
aquel día en el desierto. Pero nunca he olvidado mi promesa
al Señor de servirle. Cediendo nuestros derechos a la
gente y las cosas que Dios nos ha dado las usamos con la mayor
disciplina cristiana.
Tenemos
derechos como individuos. La Biblia dice que todo don bueno
y perfecto viene del Padre (Santiago 1:17) Dios no dio el derecho
a una familia. Dios nos dio el derecho de tener posesiones,
el derecho a la libertad, el derecho a nuestro país,
y a otras bendiciones. Todas esas cosas son buenas.
Los
hindúes dicen que el mundo material es maligno, mientras
los budistas dicen que solo renunciando las cosas de este mundo
vamos a vivir la realidad. Aun Dios miro a la tierra que Él
creo y dijo, “es buena.” Y Dios nos miro y los derechos
que nos dio y dijo, “es bueno.”
Entonces,
¿porqué nos pide regresar esos derechos? Porque
quiere darnos cosas más grandes. Esta es una regla en
el Reino de Dios; cedes algo bueno y recibes algo más
excelente. Cedes tus derechos y recibirás mayores privilegios
con Dios.
Dios
nos da el derecho a las pertenencias. Dios enfatiza el derecho
a la propiedad personal en los Diez Mandamientos. Dios quiere
que abramos nuestras manos en vez de apretar los puños
con lo que tenemos. Él dice que no podemos servir al
dinero y servirle a Él al mismo tiempo. Él nos
dio el derecho de propiedad y entonces nos pide que voluntariamente
lo cedamos a Él. Cuando cedemos el derecho de gastar
nuestro dinero como queremos, y somos capaces de decir a Dios,
“Dime lo que tu quieres, todo lo que tengo es tuyo. ¿Qué
quieres que te de?”, Podremos ver a Dios como nuestro
proveedor. Entonces vamos a sentir la emoción de ver
los milagros que Él hace para suplir nuestras necesidades.
También
tenemos otros derechos. Nacimos de nuestros padres, crecimos
en un vecindario y se nos inculcaron ciertas cosas. Nuestras
madres preparaban el alimento de cierta forma, y probablemente
aun sigue siendo nuestra comida favorita. Aunque seamos americanos,
filipinos o suizos, auque crecimos en Seattle o Shangai, estas
son cosas que forman parte de lo que nosotros somos. Cuando
necesitamos algo para vestir, compramos lo que nos gusta, probablemente
influenciados por la forma en que se visten otros a quienes
admiramos. Podría ser algo como el que vimos que todos
usan en la escuela, o si vivimos en una villa de Malasia, cierto
tipo de pareo. Como quiera que fueses, somos mas felices y nos
sentimos mejor cuando nos vestimos de cierta forma, comemos
cierta comida, vivimos en cierto tipo de casa y educamos a nuestros
hijos para que hagan las cosas que son importantes para nosotros.
Aun
a la iglesia que asistimos esta influenciado por nuestro trasfondo,
nuestras elecciones, nuestras experiencias agradables y desagradables.
Nos puede gustar un simple edificio para adorar con felicidad,
una alabanza informal y la predicación. Nos pueden gustar
los vitrales y un gran órgano de viento. Esas son parte
de nuestra cultura, nuestra herencia, nuestra denominación,
nuestras familias, y nuestra educación.
También
tenemos el derecho de ser americanos, o brasileños, o
australianos o rusos. Tenemos el derecho de disfrutar nuestra
propia cultura y país. Tenemos el derecho de pertenecer
a cierta iglesia y a otros grupos que expresen que nuestras
creencias son importantes. Tenemos un derecho a vivir para hablar
y para comer.
Pero
si cada uno practica sus derechos con la exclusión de
los planes de Dios para nosotros, una tragedia de gigantescas
proporciones ocurriría. Millones de personas vivirían
con culpa y desesperación y morirían para enfrentar
el juicio por sus pecados eternamente en el infierno. Existen
mas de 2,500 millones de personas que nunca han escuchado el
Evangelio. Mas de 8,000 grupos no alcanzados esperan un testimonio
cristiano.
Todos
nosotros tenemos que evitar que el destino de esos millones
sea estar como nosotros, exigiendo nuestros derechos en un ambiente
cómodo, comiendo lo que nos gusta, asistiendo a la iglesia
que queremos, vistiendo la ropa que queremos, platicando con
los amigos lo que nos gusta platicar y cerrando los oídos
al clamor de Dios, “¿A quien podré enviar?
¿Y quien ira por nosotros?”
Jesús
nos dio el ejemplo supremo de darlo todo (todos Sus “derechos”)
por algo mas excelente. Filipenses 2 dice, “El no estimo
el ser igual a Dios como algo a que aferrarse, sino se humillo
a Sí mismo tomando forma de siervo, un esclavo.”
Los esclavos no tienen derechos, y Jesús se convirtió
en un esclavo por nuestro beneficio.
El
cedió el derecho de estar con su Padre.
El
cedió el derecho de una casa, diciendo que las aves tienen
nidos y las zorras su guarida, El no tenía lugar para
posar Su cabeza.
El
cedió el derecho a tener dinero. Una vez tuvo que pedir
una moneda a alguien para una ilustración en un sermón.
Cedió
el derecho al matrimonio, y el derecho a Su reputación.
Como a mucha gente le preocupa, El fue un bebé ilegitimo,
creció en un pueblo despreciado. El colmo para Su reputación
fue cuando El, el Hijo de Dios, fue llamada demonio por algunos
expertos religiosos de Su tiempo. Pero a Jesús no le
afecto.
El
cedió Su derecho a la vida, siendo obediente hasta la
muerte en una cruz. ¿Con que propósito? Para que
Dios lo exaltara, le diera un nombre sobre todo nombre, ante
el cual toda rodilla se dobla. Pero también hay otra
razón: Jesús no enseño a vivir nuestra
vida. Nos enseño a vencer sobre el mal, lo cual es nuestro
principal trabajo – quitarle la tierra a Satanás
y regresarla a Dios. Jesús nos enseño que la única
forma de ganar es al perder; la única forma de conquistar
es someterse.
Jesús
quiere que lo sigamos, dejándonos a nosotros mismos y
ganando al mundo. Solo cumpliendo el ejemplo de Jesús
en cada área de nuestra vida seremos capaces de vencer
en la vida.
Lo
estableció en Marcos 8:34-35: “Si alguno quiere
venir en pos de mi, niéguese a si mismo, tome su cruz
cada día y sígame. Porque todo aquel que quiera
salvar su vida la perderá, y el que pierda su vida por
causa de mí y del Evangelio la salvara.”
La elección es nuestra. Podemos aferrarnos a nuestros
derechos, y esperar “nuestras bendiciones” (mientras
la gente se va al infierno) y perdernos el gran propósito
de Dios para nosotros. O podemos cederlos libremente a Dios
por el gran privilegio de todos – ganar este mundo por
el Reino de Dios.
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