Pasión por el Corazón de Dios  
   

Introducción


“El secreto del cristianismo no es pedir que Jesús entre en nuestro corazón;
Es Jesús invitándonos a Su Corazón”. Jamie Zumwalt

El calor era sofocante. Todas las ventanas y las puertas habían sido herméticamente selladas. Algunas horas antes habíamos clavado hojas de madera sobre todas las aberturas asegurándonos que no quedaran espacios. Esa era la única forma en que podíamos evitar que una granada fuera lanzada hacia el interior de la iglesia mientras dormíamos. Mientras observaba el lento girar del ventilador de techo, trataba de ponerme cómodo en el duro suelo; estaba seguro de que pronto iba a morir. Tenía apenas 19 años y había pensado que un viaje misionero de corto plazo al Triangulo Dorado sería divertido.

Las colinas del norte de Tailandia eran fascinantes, pero peligrosas. La cruda realidad de la violencia entre caciques y la adicción al opio estropeaban el paisaje asombrosamente coloreado por los campos de opio tapizados de hermosas amapolas. El nacionalismo étnico y las rivalidades tribales habían convertido el Triangulo Dorado en una zona de muerte, miseria y terror. Estaba seguro que yo sería su siguiente víctima. Clamé al Señor, “¡Soy muy joven para morir!”. La presencia relajante de Su Espíritu Santo vino a mi lado y me susurró, “John, vas a morir. Decide ahora por quién morirás. ¿Por tu propia aventurita o por Mí y la gloria de Mi Nombre?” Totalmente convencido de que nunca saldría de Tailandia con vida, decidí hacer que lo que me quedara de vida contara para Él.

Ese fue mi comienzo. A la mañana siguiente Jesús comenzó a re-escribir mi vida. Había estado avanzando hacia una carrera en las artes, mas Él me cambió el rumbo. Cuando me desperté el siguiente día, Él comenzó a mostrarme Su corazón, y yo comencé a sentir Su corazón en mí, obrando en mis emociones y deseos, en mis pasiones y ambiciones. En aquellas selvas montañosas llenas de odio y homicidios, Jesús estaba liberando adictos al opio, y llenando las iglesias con las lenguas, tribus y naciones que tanto ama. En medio de horrible oposición, amenazas y martirio, ¡Jesús estaba estableciendo Su Reino!

Este libro es una introducción a algunos de los asuntos que arden en el corazón de Dios. Es uno de los estudios más importantes que uno pueda comenzar. En cierta ocasión mi esposa dijo, “El secreto del cristianismo no es pedir que Jesús entre a nuestro corazón; es Jesús invitándonos a Su corazón”. Dios desea madurarnos más allá de nuestra invitación a que se involucre en nuestra vida y en nuestros sueños. Él nos está invitando a que nos involucremos en Su vida y en Sus sueños.

La información contenida en este libro no es sólo un producto de mi propia erudición. Ocasionalmente uno concibe alguna idea estando seguro que es original, sólo para descubrir en algún librero olvidado que alguien ya había hecho ese descubrimiento. He estado en el mundo de las misiones por más de veintisiete años, he escuchado mucho, he sido influenciado por muchos, y probablemente yo mismo he generado muy pocos pensamientos originales. Ese crédito corresponde completamente a maravillosos hombres y mujeres de Dios, tales como: el Dr. Ralph D. Winter y su esposa, Roberta, Don Richardson, Bob Sjogren, Walter Kaiser, Bill y Amy Sterns, Steven Hawthorne, y mi buen amigo y movilizador, Boyd Morris, a quien Dios usó primeramente para abrir mis ojos a las Escrituras, al mundo, y la gloriosa esperanza que es nuestra en Cristo Jesús.

Quiero agradecer a las damas de El Oasis en México, quienes nos hospedaron e intercedieron por nosotros en medio de toda clase de ataques espirituales mientras me encontraba en el proceso de escribir este libro. Además, hay tantos que han leído este libro y que voluntariamente han dado de su tiempo y energías brindando aportaciones y correcciones. Les agradezco el apoyo que me han dado en este esfuerzo.

Finalmente, quiero agradecer a mi esposa, Jamie, quien se ha esforzado mucho para ver este libro realizado. Sin ella, esto nunca hubiera sucedido. Mi consejo para todos es que se casen con alguien que los haga quedar bien. Yo me casé bien.